31. Un paseo con sorpresa

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Parecía un paseo más, lo mismo de siempre, del sofá, a desperezarme, beber un poco de agua y luego buscar a mamá en el estudio, allí está hasta que yo llego, tecleando en el ordenador. Me acerco a sus piernas, me acaricia la cabeza, me gusta, luego empiezo a mover el rabo cada vez más rápido mostrando mi impaciencia, me dice que me espere un ratito más, pero ya tengo ganas de ir a pasear, intento incordiarla, pero no funciona, no me hace caso y me invita a irme a mi sitio. En el estudio tengo mi alfombra, me gusta porque me estiro y es grande, además es un poco áspera y rasco mi lomo sobre ella. Como mi primera táctica no ha funcionado, utilizaré la segunda, ponerme en mi alfombra y posición de perrita lastimera, es decir, me tumbo y empiezo a suspirar, si no le conmueve mucho entonces empiezo a  lloriquear  y con eso es bastante, no se puede resistir, se levanta, se va a cambiar de ropa y listas, para dar ese paseo.

Como os he contado, todo parecía a que sería un paseo más, empezamos con el recorrido habitual, vimos a Kika con su pelota, intenté quitársela pero me gruñó, ¡hay que ver como se pone por una pelotita!, cada vez tiene más mal genio, no aguanta mis bromas, si solo se la quito para que corra tras mía, a mí me gustan más los palitos.

Luego el trío de bulldogs, pasan de largo, no importa el paseo no ha hecho más que empezar. Llegamos a la zona de los palitos, miro a mamá, pero está entretenida con la música de sus auriculares, no se le ve intención de lanzarme palitos, bueno los buscaré yo.

¡Anda, cuánta gente hay hoy! Se nota que es verano y hace calor, pues veo a muchos niños con sus bicicletas, patines y pelotas, ellos juegan con sus cosas y yo con las mías.

Llegamos a la fuente, espero a que den al botón y salga el agua. ¡Uy, qué fresquita!

Ahora, ¿por dónde seguimos?

Veo que me ata, así que continuaremos hacia el camino de los árboles, ¡qué bien!

Cruzamos la carretera y seguimos, me vuelve a soltar, me dirijo al merendero, a ver qué pillo hoy. Hay mucha gente, así que va a estar difícil la cosa. Me vuelve a atar, hay gente y hasta que no crucemos el parque no me soltará. Por fin, hemos cruzado el parque, ya soy libre otra vez. Por aquí hay gente, pero menos. Voy a ver entre los setos, sé que no le gusta que me meta por ahí, pero de vez en cuando me encuentro alguna sorpresa. Me dice que no, pero yo la miro y le digo: solo un poquito, y corro, olisqueo rápido, no hay nada. Cuando la e de mi nombre se alarga así: Nubeeeee, es señal de que el tiempo se ha acabado. Salgo de los setos ¡Ja!, me esperaba por un sitio y la he vuelto a sorprender, he salido por otro.

¡Uy!, si estamos frente los Seis árboles, a ella le gusta este sitio y a mí también, ¡vaya! el banco donde nos sentamos está ocupado por chavales, bueno, seguimos caminando hasta el final, no, no llegamos, volvemos a los Seis árboles, se sienta en otro banco, es mi hora de disfrutar, olisqueo por aquí y por allá, encuentro algo, voy a probarlo, un poco de hierba, ¡uy! Me voy a revolcar un poco. Creo que esto no le gusta, me está llamando enfadada. Si voy me va a reñir, creo que me he vuelto a ensuciar y eso significa que me pondrá debajo el grifo de la fuente otra vez, no me gusta, el agua está demasiado fría, me gusta para beber pero no para lavarme, a mí me gusta más templadita. ¡Uy!, viene hacia mí, creo que será mejor que agache las orejas y me acerque porque como me vaya corriendo, la bronca la tengo asegurada.

–Nube, mira cómo te has puesto…

Lo sabía, me ata de nuevo y a la fuente.

Me está lavando toda la cara, la verdad es que sí, estoy bastante sucia, pero es que estaba muy bueno eso que me he comido, aunque empieza a hacerme mal la tripita. ¿Qué está pasando? No noto tan fría el agua, será que hace calor. Me gusta que con su mano, me lave la cara, empiezo a ver un poco raro. Será mejor que agache las orejas y el rabo y nos vayamos a casa. Porque creo que empiezo a sentirme algo rara.

Está muy enfadada, no voy a poner resistencia, aunque noto que las piernas me empiezan a flojear, pero si me tumbo, como hago siempre, se va a enfadar aún más, yo estoy mojada pero ella también, casi más que yo.

Ya llegamos a casa, solo pienso en el sillón, me voy a tumbar, no quiero ni comer, tengo la tripita algo revuelta, o eso creo. Veo un poco raro y las patas me flojean. No sé si podré llegar.

Por fin, en casa, veo el sillón, ¡qué grande!, ¿no? Y qué alto, ¿ha crecido? No tengo fuerzas para subir hasta allí, me quedo en el suelo que está fresquito.

Nube Lengualarga