14. El misterio de “RONCADO” el oso

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He estado unos días con pocas ganas de jugar, la verdad es que no me apetecía ni tan siquiera salir a pasear, prefería quedarme en casa acurrucada en el almohadón. Ellas estaban preocupadas por mí, se lo veía en sus caras porque si os fijáis cuando los humanos se preocupan se les pone una arruguita en la frente y tanto a Lu como a mamá, se les ponía cuando se acercaban a acariciarme, además también me han dado muchos mimos, e incluso cuando se subían al sillón me cogían y me sentaban con ellas. Yo me acurrucaba entre sus brazos y se estaba muy bien, me daban calorcito.

Ya he descubierto el misterio del oso, os lo contaré.

Después de comer, mamá siempre se sienta en el sillón para ver la tele, pero la ve poco porque se queda dormida, cuando esto pasa, empieza a salir el sonido del oso, de su boca, ella duerme, pero ese sonido sale de dentro de ella, estaba muy intrigada, la observaba para ver si salía el oso. Pero no salía. Cuando despertaba le preguntaba a Lu: ¿He roncado? A lo que Lu, respondía siempre lo mismo: .

¿Roncado? ¿Se llamaría así el oso que está dentro de mamá?

Como todo ello me intrigaba, cuando vi a Rec, que sabe muchas cosas, le pregunté:

–Rec, ¿conoces a Roncado el oso que hay dentro de los humanos cuando duermen?

Rec, no entendía nada de lo que le decía, él no había conocido a ningún oso, así que intenté explicarme mejor.

Y de repente, empezó a reírse de mí.

–Nube, pero qué dices de osos dentro de los humanos, no hay ningún oso dentro de ellos, lo que hacen es roncar, no todos algunos y tampoco siempre, mi amo también ronca cuando se duerme en el sillón. Me estoy acordando de una historia que todavía no te he contado, ¿quieres que te la cuente?

Pero mamá me llamó y tuvimos que dejar la historia para otro día.

Os la contaré, os lo prometo por la patita de una perrita.

11. Las redes sociales de los perros.

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Los perros también tenemos nuestras propias redes sociales, aunque es evidente que son muy distintas a las vuestras. Para empezar se llaman HP: huellas de perros o HC: huellas de cachorros.

En todo buen paseo que se precie, siempre elegimos una zona, un sitio donde todos dejamos nuestra huella, así los perros que pasen después saben que ya hemos paseado, además por nuestro sentido del olfato podemos detectar lo que cada uno ha comido, si estaba contento o triste, si estaba malo e incluso si tiene parásitos.

Cuando paseábamos la primera zona era un triángulo de césped para los cachorros o como le llamamos la HC, ahí sabíamos si había nuevos olores, la raza que era y qué tal estaba.

Luego cruzábamos la carretera, el siguiente triángulo de césped era el de los perros adultos o la HP. Aunque en este todavía no podía dejar mi huella, sí que podía entrar en él y oler los perros que habían pasado por delante de mí, así sabía si Ojitos saltones ya había paseado o si Kika había estado jugando con las piedras.

También tenemos nuestro sistema de correo, cuando un perro quiere dejar un mensaje para los demás, mea en una rueda. Tengo que decir que este sistema lo utilizan mayoritariamente los perros cuando buscan novia. Si alguna le resulta interesante responde meando cerca de la rueda, para que cuando pase sepa que está disponible. Es otra forma de comunicarnos.

Aunque la mayoría de los amigos que he conocido no son de raza pura, también conozco a algunos que sí lo son , ellos dicen que son de raza como si eso fuera algo extraordinario, aunque yo los veo a todos muy parecidos; sin embargo los que somos mestizos porque no somos de raza sí que somos únicos, pues la mezcla de tantas razas hace que cada una de ellas nos deje alguna peculiaridad, rareza o singularidad, además yo no les veo nada especial pues mean y cagan como nosotros, van con correa y también siguen a su amo. Debe de ser porque los tratan como trataban a Mimí, porque siempre llevan abrigos o suéter, aunque huelen a perro mezclado con otros olores.

He conocido a un trío presumen de ser de raza pura, son tres chihuahuas y se llaman: Duque, Princesa y Barón. Sus nombres son más grandes que ellos. Se las dan de finos y no les gusta acercarse a los demás, pero yo los veo con las mismas ganas de jugar que todos nosotros. Así que si ellos lo dicen, serán de raza pura, aunque yo no entienda muy bien de qué va eso.

¡Ah! Y también dejan sus huellas en nuestras redes sociales.

Aquí escribiendo mi blog
Nube Lengualarga

10. Mis nuevos amigos

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Me gustaba pasear con Lu, todo era nuevo para mí. El barrio donde vivíamos se llamaba: La Colonia. Pero no sé por qué, pues nunca olía a perfume.

Poco a poco fui conociendo a los vecinos del barrio y también a sus dueños. Algunos se presentaban otros simplemente me olían y se marchaban.

Vino una perrita corriendo, nos olimos y me dijo:

–Hola, ¿eres nueva por aquí?

–Sí, me llamo Nube

–Yo soy Nieve, pero no me gusta, mis amigos me llaman Ojitos saltones así que si quieres me puedes llamar así. Me marcho que se van sin mí. Encantada de conocerte.

Se fue corriendo, antes de que sus amos la dejaran atrás. ¡Qué graciosa, Ojitos saltones!

Luego conocí a otros tres, no tenían cara de muy buenos amigos, iban juntos, uno negro, otro blanco y otro a manchas negras y blancas, decidí esperarlos para ver qué se contaban, pero los tres se acercaron me olieron y cuando fui a olerlos, se marcharon. Aunque el manchado se volvió y se presentó:

–¡Hola, soy Junior! Aquel es mi padre: Pitbull y mi madre: Yei Lou. Son un poco gruñones, pero es porque son mayores.

–Yo soy Nube.

Oímos un gruñido, era su padre llamándolo para que no se entretuviera. Bueno, ya conocía a tres más.

Lu me tiraba un palo y voy iba corriendo a cogerlo, ¡vale ya lo tenía!, ¿y  qué tenía qué hacer? No entendía nada ¡vale, pues me lo quedaba! ¡Uy, y me tiraba otro! Si no me cabía en la boca, ¿era porque no le gustaba el primer palo? No, entendía qué le pasaba, porqué tiraba palos y para qué. Además, siempre había problemas con los palos. De repente, aparecía alguien y se llevaba el palo, a mí me daba igual, Lu siempre encontraba más palos, pero algunos no lo llevaban bien como cuando de repente:

–¡Eih! ¡Qué ese palo es mío!

–¿Tú quién eres?

-Me llamo Nube, ¿y tú?

–Soy Kika, me gustan más las piedras, pero como todavía no he llegado a la zona donde están, te cojo el palo, ¿me lo prestas?

–¡Si ya me lo has cogido! pero bueno no pasa nada, Lu encontrará otro. Hasta luego, que me está llamando.

Sigo sin entender el juego de los palitos, ellos nos lo tiran para que vayamos a por ellos y luego se los damos y nos lo vuelven a tirar ¿Entonces? ¿Para qué los tiran?

No hay quien entienda a los humanos.

9. Una gran gourmet

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Los ruidos me despertaron, la luz asomaba por la puerta donde ellas estaban durmiendo, se oían voces, ya estaban despiertas. La puerta se abrió y apareció Lu: ¡Hola, Nube!¡Buenos días! Me empezó a acariciar, eso me gustaba: vaya, te lo has pasado bien esta noche, ya veremos que dice mamá cuando lo vea.

No tardó en abrirse de nuevo la puerta y esta vez salió May, al ver el periódico roto y el regalo que había salido de mi cuerpo, empezó a gritar, solo le entendía: ¡Nubeee! Me acurruqué en el regazo de Lu, sabía que iba a tener problemas.

Bueno, no fue para tanto, todo estaba limpio, cuando Lu y yo subimos de la calle.

Luego se marcharon y me quedé sola en casa. Habían dejado la puerta de sus habitaciones abiertas, aunque también habían puesto un tablero y no podía pasar. Me acordé de los extraños ruidos de la noche anterior y que eran exactamente igual que cuando mamá imitaba al oso del cuento, pero yo no olía a oso, bueno tampoco sabía exactamente cómo debían oler,  debía de haberse escondido, porque oír, lo oí. Intentaba una y otra vez saltar el tablero pero no podía, ¡todavía! Salí al balcón, había una planta, la tierra estaba buena. Las hojas no me gustaban tanto.  Descubrí la ropa que está colgada. Me di impulso y enganché algo ¡Uy! ¡Era un calcetín! Está blandito y olía a flores, ¡qué raro! Así fue como descubrí que me gustaban, además de la tierra y el papel. ¡Eso solo era el principio!

 Intentaba subir al sillón a la de una, dos y tres, pero no llegaba: ¡todavía! La mesa, tenía una esquina muy apetitosa,  la madera ¡Ah, y las paredes!, las rascaba con la pata y salía un polvo blanco que estaba rico, rico.

Cuando volvieron Lu, me daba mis mimos y yo le correspondía con un pequeño o gran pipi, que quería decir que me alegraba mucho de verlas. Pero May, solo gritaba: ¡Nubeeeee! Era normal, no le gustaba que mordiera la mesa, ni que jugara con el calcetín, ni que rascara la pared, ni que comiera papel y tierra.

Pero yo, busqué el regazo de Lu y volví a poner mi carita de perrita buena y conseguí sacar una sonrisa a May.

Con ello había descubierto dos cosas: cómo ganarme a May y que era una gran gourmet.  O al menos así me llamaron.

8. Mi primera noche. Llorar y llorar.

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Recuerdo que mi primera noche la casa estaba oscura y solo se oía un ruido que salía de detrás de la puerta, donde ellas dormían, lo sabía porque las olía y también oía su respiración, aunque a veces oía un extraño ruido. Mamá nos contó una vez un cuento sobre un oso y cuando lo imitaba hacía un ruido similar, ¿tendrían un oso allí dentro durmiendo con ellas? No lo sabía, me intrigaba, a la mañana siguiente cuando abrieran la puerta entraría a investigar, pero no husmeaba a nada extraño. En esa especie de cama que me habían hecho se estaba bien, pero todavía no tenía sueño así que me puse a explorar por la casa. La parte que más me gustaba era la que olía a comida, allí habían dejado un cuenco con arroz, pero a mí no me gustaba el arroz, así que se lo dejé para que se lo comieran ellas. Tenía mucha hambre, pero no encontraba nada para comer, bueno sí, en el suelo habían dejado papel, que sí que me gustaba, así que comí un trozo. ¡Uy! Todavía tenía el estómago un poco revuelto, así que se me volvió a escapar ¡Uff, olía fatal! Debía de ser por todas las golosinas que los niños me dieron.

Como no encontré nada más digno de comer y estaba muy cansada, me tumbé en el suelo y me dormí. Recuerdo que soñé con los amigos de la perrera, con mis hermanas y con mamá. ¡La echaba tanto de menos! Pero qué podía hacer, lo único que se me ocurrió: llorar. Y lloré y lloré toda la noche.

Nube Lengualarga

6. El viaje

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Un día apareció un chico que se fijó en mamá, le hizo algunas pruebas y debió de hacerlas bien, pues le dijo que volvería a por ella. Por aquel entonces solo quedábamos mi hermana y yo. Ese mismo día, nos lavaron a las dos, y nos pusieron dentro de una jaula, mamá nos dijo que no teníamos nada que temer, que estaríamos bien, pero yo la notaba muy inquieta. Nos subieron a una furgoneta y junto a otros perros y gatos, nos fuimos de viaje. La jaula se movía mucho, los perros de las otras jaulas no paraban de ladrar, en la nuestra había tres cachorros más que no se estaban quietos y por eso nos pisaban cada vez que la jaula se iba de lado a lado. Parecía que aquel viaje no acabaría nunca, mi hermana y yo intentábamos no separarnos, estábamos juntas en una esquina de la jaula. Mientras estuviéramos juntas, todo iría bien.

De repente, la furgoneta dejó de hacer ruido, los ladridos cesaron y todos se quedaron quietos. Se abrió la puerta, cogieron la jaula y nos pusieron en un sitio donde había mucha gente, bueno, y muchos perros también. Los niños se acercaban a vernos, algunos nos daban pan, otros golosinas; yo me lo comía todo, mi hermana no. Los otros cachorros intentaban coger lo que los niños traían, pero no llegaban siempre a tiempo porque yo me adelantaba. Mi hermana y yo seguíamos juntas en una esquina de la jaula, había mucho ruido y eso nos inquietaba, pero recordábamos a mamá que nos había dicho que no pasaría nada, así que ambas estábamos un poco más tranquilas pensando en que mamá nunca se equivocaba.

Sin darme cuenta unas manos me acariciaron, eran suaves, tiernas, y sin saber por qué me puse a lamerlas. Sabían a dulce. Pero no quise separarme de mi hermana y esas manos desaparecieron.

Estábamos bastantes cansadas, queríamos a dormir, pero era imposible, cuando ya estábamos a punto, nos tocaban y nos despertaban, también los otros cachorros, no paraban ni un momento quietos y no nos dejaban descansar. El ruido, los olores todo era demasiado para nuestros sentidos de cachorrillas. Tanto mi hermana como yo, no dejábamos de temblar, solo queríamos volver con mamá y descansar todas juntas.

Cuando el ruido empezó a cesar y los olores a dispersarse, alguien cogió la jaula y de nuevo nos introdujeron a la furgoneta, el ruido del motor nos alertó de que nos pusiéramos en una esquina mi hermana y yo, pues con el movimiento, los demás volverían a caer sobre nosotras. Pero no, la puerta se abrió y volvieron a sacar la jaula, unas manos cogieron a mi hermana, cuando yo me disponía a llorar, la volvieron a meter dentro para cogerme esta vez a mí, me pusieron en los brazos de alguien, yo solo podía llorar y también oía llorar a mi hermana, pero de nuevo las manos con un sabor dulce me acariciaron, me elevaron y entonces pude ver su rostro, sus grandes ojos verdes y su sonrisa, sin parar de acariciarme me decía que no debía temer, que ella y su hija me cuidarían. Y como mamá, ella también me decía que todo iría bien.

La furgoneta volvió a rugir, llevándose dentro de ella a mi hermana, pero a mi vida llegó una nueva madre y hermana, algo diferentes, ¡humanas!

5. Pequeñas historias que valen la pena contar

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En aquel extraordinario lugar llamado “Perrera”, nada más amanecía, todos nos empezábamos a poner en marcha, las jaulas se abrían y cada uno elegía un rincón para hacer sus necesidades, luego nos daban de comer, aunque nosotras teníamos a mamá. Una a una nos iba aseando y una vez que estábamos listas nos dejaba jugar. Mis hermanas jugaban entre ellas pero yo prefería buscar más amigos.

Poco a poco fui conociendo a cada uno de los perros que allí se encontraban y cada uno me fue contando sus pequeñas historias de cómo habían llegado hasta allí.

Mimí, la perrita Yorkshire que buscaba su abrigo, me contó que vivía en una casa junto a su dueña, esta le ponía vestidos e incluso tenía collares de muchos colores, con perlas y diamantes. Todas las semanas la llevaba a la peluquería, dormía en un sillón fabricado expresamente para ella y su dueña cuando veía que cualquier perro se le acercaba, la cogía en sus brazos, no quería que se juntara con cualquiera. Pero un día vio que hacía las maletas, ella pensaba que se irían de viaje, como otras veces, pero no, su dueña no cogió el trasportín con el que viajaba y en vez de llevarla al aeropuerto, la había dejado en este horrible lugar. Al principio, le había costado mucho adaptarse, echaba de menos su cómodo sillón y no quería juntarse con los demás, pues esperaba que cuando volviera a por ella, la encontrara tal y como la había dejado, sin pulgas de otros. Pero tardaba en volver y como se aburría empezó a relacionarse con los demás perros, aunque no con todos, solo con aquellos que no se rascaban mucho. Me aseguraba una y otra vez que aquello era temporal, que pronto su dueña volvería de su viaje e iría a por ella. Pero en el tiempo que estuve allí, su dueña no apareció, dejando a Mimí como si fuera un juguete abandonado.

Luego estaba Rocky, un auténtico pitbull, parecía muy fiero, pero solo en apariencia, presumía de sus músculos, de su boca grande y de sus dientes, pero le olía el aliento y a pesar de que tenía sus orejas y rabo cortados, no daba nada, nada de miedo. Tenía muchas cosquillas y siempre estaba dispuesto a jugar, aunque yo acababa ganándole siempre que jugábamos a correr. Me contó que sus orejas y su rabo eran más largos, pero se lo habían cortado para que diera más miedo al contrincante, ya que lo habían entrenado para pelearse con otros perros. El decía que los otros perros no le habían hecho nada, nunca entendió por qué tenía que pelearse con ellos, así que cuando se cansaron de que no peleara, lo trajeron aquí, decía que aquí era feliz, pues nadie le obligaba a pelearse y cada uno iba a la suya. Estaba completamente enamorado de Lei, una setter inglés, pero no le hacía mucho caso ya que ella prefería los perros más grandes, como Roco un pastor alemán al que sus dueños habían dejado en una gasolinera olvidado y aunque él había conseguido volver a su casa, cuando llegó vio que había un nuevo miembro en la familia, un bebé al que cuidaría y le daría todo su amor. Pero no tuvo oportunidad de ni tan siquiera olerlo, pues cuando se disponía a hacerlo le volvieron a coger del collar y se lo llevaron a otra gasolinera ésta mucho más lejos de su casa. Él entendió que ya no lo querían, así que no volvió y esperó allí hasta que el dueño de la gasolinera llamó a los de la perrera y fueron a recogerlo. A los perros nos gustan mucho los niños, sobre todo cuando son cachorros, es decir, bebés y nos encanta protegerlos y cuidarlos, pero eso algunos humanos no lo entienden. Roco era muy divertido y le gustaban mucho los niños, cuando alguna vez aparecían corría hacia ellos, pero como era muy bruto y se abalanzaba encima de ellos para lamerlos, que es la forma que tenemos los perros de dar besos, pues los niños veían toda esa masa grande de pelo encima de ellos y se asustaban y acababa haciéndoles llorar, por eso nunca se iba con ninguno. Presumía con todas las perras, pero no le gustaba ninguna o al menos eso me decía a mí, esperaba que algún día entrara alguna que le robara su corazón.

Los días pasaban muy rápido, algunas veces, alguna jaula quedaba vacía e incluso se llevaron a algunas de mis hermanas y no volvieron, pero mamá seguía allí conmigo y con las que íbamos quedando.

Y día tras día, iba conociendo esas pequeñas historias que valen la pena contarlas para que tú las conocieras. Y ¿quién sabe? Quizás estas sean las historias que mueven eso que los humanos llaman “conciencia”.