35. El gato negro

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¡No me gustan los gatos! No tienen sentido del humor, encima no les gusta jugar. Y para postre tienen unas uñas que parecen agujas. Las mías no arañan tanto.

Empecé a descubrirlos un día de paseo, al principio mamá  no dejaba que me acercara a ellos, aunque cuando podía intentaba hacerlo e iba corriendo para ver si querían jugar. Pero algunos se escondían, otros se ponían con el pelo erizado y con cara de pocos amigos, así que pasaba de ellos.

Un día en uno de los paseos que doy con Lu y sus amigas, encontré a uno que ni se escondió al verme, ni se erizó, pensé que eso era la señal de que no le importaba jugar conmigo, pero no sabéis lo equivocada que estaba, pues cuando ya me tenía muy cerca, alargó su pata y de ella salieron sus afiladas uñas, clavándolas en mi nariz. Intenté reaccionar, pero fui lenta, porque empezó a correr y no pude alcanzarlo. Era negro y me había quedado con su cara.

Pasaron los días y no había rastro del gato negro. Pero sabía que no rondaría muy lejos. Tarde o temprano volvería a encontrármelo y entonces le faltarían patas para correr.

Y así pasó, esa noche paseábamos las tres, Lu y mamá se habían cansado de lanzarme palitos e iban hablando algo despistadas, yo intentaba entretenerme oliendo las huellas que habían dejado algunos de mis amigos, cuando de repente olí algo que estaba buscando desde hacía días. El olor era inconfundible, afiné un poco más mi nariz, el olor venía de lejos, hacia la derecha, busqué y allí estaba, un poco lejos pero no lo suficiente para poder alcanzarlo, ¡el gato negro! ¡Lo había descubierto! Lo miré, me miró y no hubo nada más. Corrí hacia él, esta vez no se me escaparía.

A lo lejos, escuchaba la voz de Lu y mamá gritándome pero mi objetivo era pillar al gato y darle su merecido.

Cuando estaba a punto de alcanzarlo, algo golpeó en mis patas traseras y me hizo perder el equilibrio, grité me había dolido, pero rápidamente vi que el gato se había dado cuenta de mi presencia y se escapaba. Había dejado de oír los gritos, ya no veía al gato, las patas me dolían, no sabía dónde estaba, quería correr pero no sabía hacia donde, cuando de repente un chico me sujetó. Enseguida oí una voz dulce y aterrada, era la de Lu, que viéndome como corría detrás del gato, había corrido detrás de mí. Sus lágrimas caían mojándome, ¿por qué lloraba? ¿Ella también lamentaba que se me hubiera escapado el gato? No tardó en aparecer mamá, llorando también, no entendía nada, ¿qué les pasaba? Las dos empezaron a mirar mi cuerpo, mamá me tocaba, primero la cabeza, luego la barriga, las patas delanteras y las traseras ¡Ay!, solté, ahí no que me duele un poco. Las dos me abrazaban, mientras no paraban de llorar.

Le dieron las gracias al chico y este marchó. Luego para mi sorpresa, mamá empezó a echarle la bronca a Lu, por lo visto había salido corriendo detrás de mí, sin mirar si venían coches ¡La bronca fue descomunal! Pero lo peor estaba por venir, ¡la mía! Me echaron bronca las dos, eso sí sentadas en un banco, pues a mamá le temblaban tanto las piernas que no podía dar ni un paso. No entendía mucho que había pasado, bueno, sí, que se me había escapado el gato. Por lo demás, era bronca, abrazo, abrazo, vuelta a la bronca y así estuvimos hasta que las dos se calmaron y volvimos a casa.

Desde entonces, ya no me dejan ir sola por esa zona, saben que hay muchos gatos y temen que me vuelva a escapar y otro coche me atropelle.

Aunque no me olvido del gato, me he quedado con su cara y tarde o temprano, lo cogeré.

Nube Lengualarga

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