5. Pequeñas historias que valen la pena contar

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En aquel extraordinario lugar llamado “Perrera”, nada más amanecía, todos nos empezábamos a poner en marcha, las jaulas se abrían y cada uno elegía un rincón para hacer sus necesidades, luego nos daban de comer, aunque nosotras teníamos a mamá. Una a una nos iba aseando y una vez que estábamos listas nos dejaba jugar. Mis hermanas jugaban entre ellas pero yo prefería buscar más amigos.

Poco a poco fui conociendo a cada uno de los perros que allí se encontraban y cada uno me fue contando sus pequeñas historias de cómo habían llegado hasta allí.

Mimí, la perrita Yorkshire que buscaba su abrigo, me contó que vivía en una casa junto a su dueña, esta le ponía vestidos e incluso tenía collares de muchos colores, con perlas y diamantes. Todas las semanas la llevaba a la peluquería, dormía en un sillón fabricado expresamente para ella y su dueña cuando veía que cualquier perro se le acercaba, la cogía en sus brazos, no quería que se juntara con cualquiera. Pero un día vio que hacía las maletas, ella pensaba que se irían de viaje, como otras veces, pero no, su dueña no cogió el trasportín con el que viajaba y en vez de llevarla al aeropuerto, la había dejado en este horrible lugar. Al principio, le había costado mucho adaptarse, echaba de menos su cómodo sillón y no quería juntarse con los demás, pues esperaba que cuando volviera a por ella, la encontrara tal y como la había dejado, sin pulgas de otros. Pero tardaba en volver y como se aburría empezó a relacionarse con los demás perros, aunque no con todos, solo con aquellos que no se rascaban mucho. Me aseguraba una y otra vez que aquello era temporal, que pronto su dueña volvería de su viaje e iría a por ella. Pero en el tiempo que estuve allí, su dueña no apareció, dejando a Mimí como si fuera un juguete abandonado.

Luego estaba Rocky, un auténtico pitbull, parecía muy fiero, pero solo en apariencia, presumía de sus músculos, de su boca grande y de sus dientes, pero le olía el aliento y a pesar de que tenía sus orejas y rabo cortados, no daba nada, nada de miedo. Tenía muchas cosquillas y siempre estaba dispuesto a jugar, aunque yo acababa ganándole siempre que jugábamos a correr. Me contó que sus orejas y su rabo eran más largos, pero se lo habían cortado para que diera más miedo al contrincante, ya que lo habían entrenado para pelearse con otros perros. El decía que los otros perros no le habían hecho nada, nunca entendió por qué tenía que pelearse con ellos, así que cuando se cansaron de que no peleara, lo trajeron aquí, decía que aquí era feliz, pues nadie le obligaba a pelearse y cada uno iba a la suya. Estaba completamente enamorado de Lei, una setter inglés, pero no le hacía mucho caso ya que ella prefería los perros más grandes, como Roco un pastor alemán al que sus dueños habían dejado en una gasolinera olvidado y aunque él había conseguido volver a su casa, cuando llegó vio que había un nuevo miembro en la familia, un bebé al que cuidaría y le daría todo su amor. Pero no tuvo oportunidad de ni tan siquiera olerlo, pues cuando se disponía a hacerlo le volvieron a coger del collar y se lo llevaron a otra gasolinera ésta mucho más lejos de su casa. Él entendió que ya no lo querían, así que no volvió y esperó allí hasta que el dueño de la gasolinera llamó a los de la perrera y fueron a recogerlo. A los perros nos gustan mucho los niños, sobre todo cuando son cachorros, es decir, bebés y nos encanta protegerlos y cuidarlos, pero eso algunos humanos no lo entienden. Roco era muy divertido y le gustaban mucho los niños, cuando alguna vez aparecían corría hacia ellos, pero como era muy bruto y se abalanzaba encima de ellos para lamerlos, que es la forma que tenemos los perros de dar besos, pues los niños veían toda esa masa grande de pelo encima de ellos y se asustaban y acababa haciéndoles llorar, por eso nunca se iba con ninguno. Presumía con todas las perras, pero no le gustaba ninguna o al menos eso me decía a mí, esperaba que algún día entrara alguna que le robara su corazón.

Los días pasaban muy rápido, algunas veces, alguna jaula quedaba vacía e incluso se llevaron a algunas de mis hermanas y no volvieron, pero mamá seguía allí conmigo y con las que íbamos quedando.

Y día tras día, iba conociendo esas pequeñas historias que valen la pena contarlas para que tú las conocieras. Y ¿quién sabe? Quizás estas sean las historias que mueven eso que los humanos llaman “conciencia”.

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